Jardines de flores nativas podrían salvar a colibríes mexicanos

Max de Haldevang

14 de jun. de 2022

Meneses descubrió que la mejor manera de vislumbrar sus alas revoloteando era esperar junto a las plantas nativas cuyo néctar les encanta. “Llegamos a ser buscadores de flores en vez de colibríes”, dice ella. Ahora Meneses viaja al menos dos veces al mes a partes remotas del centro y noroeste de México para encontrar flores y reproducirlas para su empresa, Paraíso Colibrí, que vende plantas a jardineros y clientes corporativos.

Con su clima templado y su rica diversidad de flores silvestres, México es un paraíso para los colibríes. Cuenta con 58 especies, incluidas 19 que pueden apreciarse en Estados Unidos y Canadá. Sin embargo, estas diminutas y veloces aves resultaban esquivas cada que Rocío Meneses intentaba catalogar una especie mientras coescribía un libro llamado Colibríes de México en 2013.

Meneses descubrió que la mejor manera de vislumbrar sus alas revoloteando era esperar junto a las plantas nativas cuyo néctar les encanta. “Llegamos a ser buscadores de flores en vez de colibríes”, dice ella. Ahora Meneses viaja al menos dos veces al mes a partes remotas del centro y noroeste de México para encontrar flores y reproducirlas para su empresa, Paraíso Colibrí, que vende plantas a jardineros y clientes corporativos.

El negocio es parte de un movimiento destinado a detener la disminución de la población de aves mediante la creación de jardines para alimentarlas en las ciudades mexicanas. Maltratadas por el cambio climático, la deforestación y un comercio clandestino que vende colibríes disecados como amuletos para el amor, 13 de las especies de México se consideran en peligro de extinción. Alrededor del 60% de las especies mexicanas están en peligro por el cambio climático, y muchas están perdiendo su hábitat debido a la implacable urbanización, según una investigación de María del Coro Arizmendi, profesora y ornitóloga de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). Arizmendi dirige un centro de observación de colibríes y en 2014 comenzó un proyecto de jardines urbanos para proporcionar santuarios a las aves. “Este país está siendo urbano y no hay de otra, aparentemente no hay vuelta atrás”, dice. “Hay que tratar de tener alguna alternativa para que, en estas circunstancias, de ciudades en las que vivimos, los colibríes puedan ser conservados”.

Fue Arizmendi quien primero animó a Meneses, en ese momento su estudiante de maestría, a convertir su pasatiempo de cultivo de flores en un negocio. Cuando el movimiento de jardinería urbana se puso en marcha, alrededor del 90% de las plantas vendidas en Ciudad de México no eran nativas.

Desde que lanzó Paraíso Colibrí en 2016, Meneses ha poblado la capital y las ciudades de otros cinco estados con unas 145 especies de plantas, entre ellas la salvia buchananii, la pasiflora azul y la adelfa amarilla.

Se han registrado casi 500 jardines de flores silvestres para colibríes en todo el país en el sitio web de Arizmendi, mientras que Meneses trabaja con 29 clientes corporativos, incluido L’Oréal SA, además de siete escuelas. El negocio tiene 10 empleados y Meneses ha ayudado a otros seis viveros a comenzar a cultivar plantas nativas. Más allá de ayudar a los colibríes, también venden plantas que atraen polinizadores como abejas, mariposas y murciélagos.

En el inicio, ella y su pareja, Sergio Ramírez Martínez, usaron sus ahorros para iniciar el negocio y no han tenido inversión externa. Meneses ha elegido usar solo el equipo más básico y trabajar sin electricidad en el vivero para cultivar sus flores silvestres.

Reproducir las plantas ha sido una tarea monumental: alrededor de 90 de las especies que vende Meneses no estaban disponibles comercialmente antes de que Paraíso Colibrí comenzara a venderlas, dice ella. Los científicos sabían poco más que los nombres de muchas de estas, por lo que Meneses y su equipo tuvieron que salir a buscarlas en la naturaleza, visitando media docena de estados.

En un viaje a Durango, en el noroeste, encontraron un híbrido previamente desconocido de dos tipos de salvia que científicos de la UNAM están estudiando y al que podrían darle su propio nombre, dice Meneses. Localizar las flores es solo el primer paso. Se necesita un año de observación para descubrir cómo se reproducen y hacer que prosperen, indicó.

Las situaciones de peligro no le han impedido visitar estados como Guerrero, donde cuatro activistas ambientales fueron asesinados el año pasado. Vale la pena correr el riesgo de ayudar a proteger a la coqueta de cresta corta, dice Meneses. Esa especie de colibrí tiene una corona anaranjada esponjosa distintiva sobre su cabecita color verde y que habita solo en una región de 50 metros cuadrados del estado de Guerrero.

No solo el futuro de estas diminutas aves está en juego. Meneses dice que los colibríes son polinizadores clave para unas 1.000 especies de plantas mexicanas, dado que sumergen sus largos y delicados picos en las flores mientras lamen el néctar y luego pasan el polen a otras plantas, lo que les permite reproducirse. “Si los colibríes se extinguieran, sería el fin de las salvias y la lavanda”, dijo Arizmendi. “Los colibríes son importantes, y si no los conservamos, es muy probable en los próximos 20 a 30 años puedan desaparecer”, añadió Meneses.

Hay pocos datos sólidos en relación a las poblaciones de colibríes mexicanos. Los científicos comenzaron a monitorearlos hasta hace poco, y sus patas son demasiado delicadas para sostener dispositivos de seguimiento de transmisores. Eso hace que sea difícil poner cifras concretas sobre el progreso de los esfuerzos para hacer crecer sus poblaciones.

Pero hay victorias que celebrar. Con la ayuda de los avistamientos de aves registrados por clientes entusiastas, Paraíso Colibrí ya ha hecho descubrimientos científicos sobre los patrones de migración de los colibríes, dice Meneses. Y la Ciudad de México tuvo un éxito particular al usar salvia mexicana para restaurar un parque alrededor del Canal Nacional en la colonia Churubusco, dice Arizmendi. “Hay montones de colibríes allí ahora”, dice ella. “¡Montones!”